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Narcotráfico
Por: Jorge Fernández Menéndez
Publicado en: Periódico Excelsior Fecha: Viernes, 9 de Mayo de 2008
Tuve oportunidad de conocer al comisionado de la Policía Federal, Edgar Millán, como periodista realizando distintos reportajes. A principios de año, me acompañó a un recorrido por el operativo montado en Tamaulipas. Era uno de esos policías en los que podía estar el futuro de esa corporación y de la seguridad pública del país. Un hombre de 40 años, que había ingreso a los 20, cuando aún no concluía su carrera profesional, al Cisen, como analistas y especializándose en temas de seguridad. Del Cisen, como muchos, había pasado a la AFI, en el sexenio pasado, con Genaro García Luna, y cuando éste se convirtió en secretario de seguridad pública federal, fue en los hechos y sobre todo durante los últimos meses, el principal mando policial en los diferentes operativos contra el narcotráfico en nuestro país. Un policía serio, profesional, preparado, con experiencia y formación internacional, joven y honesto. Es difícil hallar esa combinación en nuestro país.
Ayer fue asesinado este hombre, en lo que constituye, sin duda, el golpe más duro que ha sufrido la naciente Policía Federal, pero también en el contexto del brutal ataque que la misma está sufriendo de parte del crimen organizado en las últimas semanas. Millán es el tercer alto mando de la secretaría ejecutado en los últimos días, pero también han sido asesinados, sobre todo en Sinaloa, por lo menos otros siete agentes y oficiales de esa corporación. Por eso, la ola de violencia que estamos viendo en estos días debe diferenciarse bien en sus contenidos.

Por una parte tenemos el enfrentamiento entre los distintos grupos del narcotráfico para recuperar o controlar terrenos ante la descomposición o recomposición de diferentes organizaciones: el caso más evidente es lo sucedido en Tijuana hace dos semanas, donde en los hechos la disputa es por los restos del cártel de los Arellano Félix, y podría suceder lo mismo con lo que estamos viendo en Guerrero o en Zacatecas. Pero, por la otra, han comenzado una serie de asesinatos de mandos de la Policía Federal que buscan por una parte intimidar y por la otra desarticular a esa corporación.

Se podrá argumentar que esa ola de violencia, lo mismo que las ejecuciones de estos mandos policiales, demuestran que el Estado está perdiendo la guerra contra el narcotráfico. En realidad sucede lo contrario: esta ola de violencia se genera porque las organizaciones criminales están, pese a su fortaleza, resquebrajándose, porque cada vez más la operación queda en manos de sicarios y no de estrategas, porque están sintiendo la presión de las fuerzas del Estado, y porque, pese a ello, todavía están en condiciones de generar una respuesta.

No es una novedad. Cuando en Colombia comenzó la verdadera ofensiva contra el cártel de Medellín (y también el de Cali, aunque con éste la violencia adoptó otras características), la gente de Pablo Escobar en la misma medida en que se debilitaba o perdía espacio, iba incrementando la violencia, pasando de los asesinatos de policías y funcionarios a la toma de la Suprema Corte de Justicia y, finalmente al estallido de carros bomba y la escalada de secuestros. Pero no era una demostración de fortaleza sino de debilidad. En realidad, los grupos del narcotráfico cuando son más fuertes, cuando tienen un mayor control de la situación, es cuando menos requieren utilizar la violencia, por lo menos cuando son dirigidos por sus cuadros más experimentados. Hoy, consecuencia de la acción de las autoridades y de sus propios enfrentamientos, no es así.

Existe otro factor que también se debe tomar en cuenta. En realidad, es la primera vez que a un esfuerzo nacional de estas características se une una estrecha colaboración internacional. Hemos visto como, por ejemplo, con la colaboración de la inteligencia de varios países, entre ellos México, se fueron desarticulando las dos principales organizaciones del narcotráfico en Colombia: la del Valle del Norte y apenas la semana pasada, la organización de Los Mellizos. Hemos visto como las FARC han tenido que abandonar muchos de los espacios ganados en el pasado en el tráfico de drogas. E incluso ayer, en un anuncio que parece demasiado optimista, se dijo, también, que con los esfuerzos de Estados Unidos, México, China e India, para el 2009 podrían acabarse las reservas ilegales de pseudoefredina en este mercado. Lo cierto es que en el último año el precio del producto base para las drogas sintéticas, ha aumentado en más de un 80 por ciento, lo que demuestra que ha caído la oferta de la misma.

Por supuesto que en la lucha contra el narcotráfico hay todavía muchísimo por hacer y que la infiltración del mismo en muchos estamentos sociales y políticos será difícil de erradicar, pero estos asesinatos lo que buscan es intimidar a la fuerza policial que se está preparando para reemplazar el día de mañana al ejército en las labores de seguridad pública y en muchos casos, ya lo está haciendo. Resultaría risible, si no estuvieran en juego tantas vidas, algunas opiniones que piden, por ejemplo, cambios de estrategias o repliegues de las fuerzas de seguridad, sin tomar en consideración que lo único que puede seguir haciendo el Estado mexicano es profundizar esta lucha que es la que determinará su propia subsistencia. Y en esto resulta francamente preocupante que las fuerzas políticas, los tres niveles de gobiernos y los tres poderes de la Unión no terminen de comprender que se enfrentan a un enemigo común.

Es, también, un llamado de atención a las autoridades: los hombres y mujeres involucrados en esta lucha deben tener, necesariamente, un grado de protección y de seguridad mucho mayor. Hombres como Millán a los que se preparó durante veinte años no pueden ser blancos fáciles de sicarios. Esa seguridad no es una forma de exhibicionismo, sino una condición indispensable para afrontar este desafío con la fuerza real del Estado.

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