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Culiacán, Sinaloa ().- Aquí el narco y la violencia son tradición, estereotipo, vida cotidiana.

Parece una guerra prolongada que ya ni causa terror, apenas miedo a quedar en medio del fuego cruzado.

Por eso los radios de onda corta que usan los taxistas se han convertido en una especie de seguro de vida, por esa vía se reportan entre ellos si hay alguna balacera u operativo y, entonces, lo mejor es no pasar por ahí.

Miguel, un taxista que por las noches transporta bailarinas de un centro nocturno, dice que el 27 de mayo él fue el primero en avisar de la balacera en la que murieron ocho agentes.

“Era como la guerra. Pa pa pa pa pa pa, se escuchaba seguidito, y luego bom bom bom, las granadas, fueron como siete”, relata, actúa.

Él se alejó del lugar, entró al estacionamiento de un restaurante y se metió bajo su auto. Eso es lo todos saben que deben hacer: No correr, sólo tirarse al piso y protegerse.

Daniel, un paramédico de la Cruz Roja, dice que no hacen un servicio si no llevan puesto el peto que los identifique plenamente, y si de trasladar heridos se trata, una patrulla debe protegerlos, porque ya el año pasado un comando interceptó la ambulancia y se subió a rematar al herido.

Aquí las balas del narco se suben a la ambulancia y meten hasta la sala.

Angelina vive en la casa contigua al lugar del último enfrentamiento en la ciudad. Su fachada tiene los agujeros de los tiros y una bala atravesó su televisión que, por fortuna, sigue funcionando.

Sólo en Culiacán se puede visitar la capilla de Jesús Malverde, abierta las 24 horas, los 365 días del año; sus devotos le cuelgan milagritos, le llevan veladoras y también música de banda o mariachi.

La construyó Eligio González luego de que fue baleado, era su manda si salvaba la vida; ahora la cuida su hijo Jesús Manuel González.

Solo aquí es cotidiano cambiar dólares en plena calle, frente a los centros cambiarios asegurados por la PGR el 14 de mayo, pero que otra vez ya están operando.

La gente ni siquiera tiene que bajarse de su camioneta. En apenas cinco minutos un hombre a bordo de una Cadillac cambió 4 mil dólares, otro de una Ford Lobo cambió 3 mil dólares por pesos mexicanos.

Ninguna de esas transacciones quedó registrada ni documentada

A ruido de sirena y disparos secos

La ambulancia 255 de la Cruz Roja iba con un hombre herido dando tumbos en la calle sin pavimentar de la Colonia López Mateos en la periferia de Culiacán. Dos camionetas le salieron al paso y de ellas descendieron varios hombres armados que de inmediato amagaron a Daniel, el paramédico que iba al volante.

“Yo vi el cañón de este tamaño”, dice mientras coloca las manos a 15 centímetros una de otra. “Me dijeron que me agachara y que no agarrara el radio. Se pasaron a la parte de atrás y escuché los disparos secos, uno detrás del otro”.

Los sicarios le dieron varios tiros en la cabeza al hombre que estaba en la camilla, quien había sido recogido minutos antes y era trasladado al hospital general.

“Cuando escuché los disparos pensé ‘hasta aquí llegó el corrido de todos’, si matan a uno matan a todos, pero los sicarios se fueron y entonces les grité a mis compañeros que venían atrás si estaban bien, me dijeron ‘sí, pide el 100 y métele a la delegación’. El 100 es la clave de paramédicos en peligro.

Desde esa fecha, que fue en mayo del año pasado, dice el Doctor José Vidal González, Coordinador de Socorros de la Cruz Roja Culiacán, establecieron el uso del peto con el emblema internacional de la institución para ser identificados plenamente, y solicitaron que patrullas de la Policía resguarden los traslados de heridos de bala.

Sólo en mayo atendieron 38 reportes de balaceras, más de la mitad del promedio mensual; además, en los servicios se toparon con 21 fallecimientos por accidente o causas naturales y 20 por heridas de arma de fuego.

“No puede ser que la mitad de la gente que muere sea asesinada”, dice el Médico.

Después de su experiencia con los sicarios, Daniel pensó en abandonar la institución, pero luego de reflexionarlo decidió quedarse y aguantarse el miedo cada vez que sale a atender un herido de bala en las colonias de la periferia.

“Ahora siempre voy pensando que puede pasar algo, entramos cuando la Policía nos da luz verde, pero el miedo lo tienes. Andamos todo el tiempo en 100”.

Dólares sobre ruedas

A media calle, apenas a cinco minutos del centro de Culiacán, Manuel se despega de la ventanilla de una Cadillac Escalade y pregunta a sus compañeros cambiadores de divisas cuánto trae cada uno porque necesita hacer una transacción de 4 mil dólares.

“Yo para mil 500”, dice uno. “Para mil”, agrega una mujer. Entre unos y otros juntan los pesos necesarios para pagar 10 pesos con 8 centavos por dólar.

La transacción se cierra en cuestión de minutos sin que haya recibo de por medio, el conductor de la Cadillac, que ni siquiera se bajó de la camioneta, se va apenas recibe los pesos por sus billetes verdes.

No pasan ni cinco minutos cuando un hombre al volante de una Ford Lobo de doble cabina se detiene para negociar el cambio de 3 mil dólares.

“Aquí se hace la vaquita cuando vienen a ‘ferear’ cantidades fuertes”, explica Manuel.

Hay como 20 hombres y mujeres jóvenes a lo largo de la calle Juárez, el mismo sitio donde el pasado 14 de mayo la PGR aseguró 26 centros cambiarios.

Después del incidente no trabajaron dos semanas, pero casi la mitad de los establecimientos ya reabrió.

Manuel dice que quienes van a cambiar no son narcos, sino gente que tiene familia en Estados Unidos y que le manda los dólares.

Ahora esas transacciones, que el Ejército y la PGR consideraron sospechosas, siguen realizándose, sólo que frente a policías estatales que sólo tienen la instrucción de que los lugares sellados no vuelvan a abrir.

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