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Aquí se vive por capítulos, todos de terror.

Del episodio de las muertas de Juárez, que indignó al mundo, han pasado a las historias de fuego del narcotráfico.

Ahora, el que no sabe dónde se vende droga, escuchó ráfagas de ametralladoras o conoció a algún ejecutado.

Los amaneceres pueden ser como el de una vecina que un lunes sale a barrer la calle y, frente a su casa hay un perro que trae la cabeza de uno de los dos sujetos decapitados y abandonados a dos cuadras.

El día puede ser como el de cientos de habitantes que reciben y leen cadenas de correo electrónico en las que se advierte que la Ciudad vivirá el fin de semana más sangriento de su historia.

Juárez es la Ciudad de la angustia colectiva.

Ya lo era desde hace 10 años, cuando la Unidad de Estudios de Opinión de la Secretaría de Gobernación presentó los resultados de un informe que la ponía en primer lugar de ese fenómeno estudiado también en otras ciudades como Acapulco, Culiacán, Nuevo Laredo o Tijuana.

Y eso que en aquel entonces no había registro de decapitados.

Ahora, en lo que va de 2008, han encontrado cinco.

Y eso que antes no había balaceras en los hospitales, como las tres de este año.

Las escenas de violencia y los lugares donde ocurren son cada vez más tétricas, como la de Hilda, una mujer que fue ejecutada cuando iba entrando al panteón municipal para el entierro de su primo, que también fue ejecutado.

El fuego del narco está en el panteón, en los hospitales, en las calles y en todo lugar.

Por eso, los empleados de la Dirección de Estacionómetros prefirieron cambiar el color de su uniforme, porque es azul como el de los 14 policías municipales ejecutados en lo que va del año.

“Las cosas están muy feas en Juárez, pero siempre han estado feas, y a pesar de ese miedo seguimos trabajando y saliendo a la calle”, dice Octavio, un comerciante de 40 años.

Pero eso es puritita costumbre de algunos a vivir en medio de la angustia.

Es cotidianeidad extrema, o al menos eso dice un estudio de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez: “La cultura de la violencia ha hecho nicho en el imaginario colectivo de la población, las muertes y asesinatos se contemplan como parte de la vida cotidiana”.

Pero no para todos, unos ya preparan maletas para irse de la ciudad.

Francisco Aguirre es propietario de una taquería y una discoteca, pero ya las puso a la venta.

“Ya no se pude vivir aquí, las autoridades simplemente no están haciendo nada”, lamenta.

El empresario asegura que conoce de por lo menos otros 25 comerciantes que, como él, planean mudarse de la frontera.

No es para menos; el 27 de mayo, mediante un video en YouTube el crimen organizado advierte a los empresarios de la ciudad que en breve comenzarán a recibir llamadas telefónicas para acordar el pago de “protección” para no ser secuestrados.

Como intimidación, los autores refieren los incendios de dos bares y un lote de venta de autos que iniciaron una serie de ataques entre los que se incluye la ejecución de Wilfredo Moya Estaco, un conocido propietario de centros nocturnos.

“Y ya vieron que con nosotros no se juega, van a aparecer (sic) tirados sin cabeza”, amenaza el mensaje, firmado por “La Línea”, organización del narco al servicio del Cártel de los Carrillo Fuentes, el cual mantiene una férrea disputa con células de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Aunque el mensaje inicia dirigiéndose a familias acaudaladas de la ciudad, la advertencia se extiende a la comunidad empresarial en general.

Para Aguirre, quien asegura que no ha recibido amenazas directas, la aparición de mensajes como ese son una prueba más de descomposición social en la que se encuentra sumida la frontera.

Esta opinión también la comparte Sergio, propietario de una distribuidora de material para oficina que, aunque todavía no piensa en abandonar la ciudad, también ya cuenta con experiencias muy cercanas a la violencia asociada al narco.

“Hace un par de meses un amigo fue secuestrado, y entre los cercanos a él decidimos ayudar a la familia para completar el pago del rescate; afortunadamente ya fue liberado, pero nos contó que en el mismo cuarto donde lo tenían había seis personas más, también secuestradas”, comentó Sergio.

Para el empresario papelero, quien ha participado en movimientos ciudadanos como la marcha por la paz del 11 de mayo, el nivel de temor entre la comunidad aún no alcanza niveles que lleven a una verdadera transformación de la sociedad.

“Es lamentable que sigamos participando mil personas en marchas contra la violencia; es penoso que sigamos pensando en actuar hasta que nos pase a nosotros o a nuestras familias”, lamentó.

Soledad, dirigente de un centro de atención a menores en situación emergente situado el poniente de la ciudad, la zona con mayor incidencia de puntos de venta de narcomenudeo, resume la inactividad social recordando la respuesta de un niño de 10 años durante una entrevista de primer contacto.

“Ese niño me dijo, así de fácil, que la violencia es algo gacho cuando le sucede a uno, y algo chido cuando le pasa a los demás; es ese nivel de indiferencia estamos inmersos en Ciudad Juárez”, relató.

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