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Igor Labastida, el comandante de la Policía Federal Preventiva que investigaba la corrupción dentro de la extinta policía de caminos y participaba en su reestructuración, fue ejecutado ayer por un sicario que lo roció con una ametralladora Uzi mientras comía, en compañía de sus tres escoltas, en una fonda que frecuentaba hacía años. Uno de los guardaespaldas también murió.
El descuido en la seguridad que facilitó su asesinato es tan extraño como el inicio del ciclo con el cual se anunció en 2007 que sería ejecutado. En un blog atribuido a cárteles del narcotráfico, su nombre apareció dentro de una lista de la muerte de altos mandos policiales.
Labastida no fue el primero de esa lista en caer. Su anterior jefe y amigo, Édgar Millán, que inició la limpia en la vieja Policía Federal de Caminos, fue ejecutado hace un mes.
Un ingrediente se suma a esta nueva ejecución: segundos después de que el sicario cumplió su trabajo, un señor de pelo cano entró a la fonda donde yacían los cuerpos y los videograbó. Como el asesino, salió sin apresurarse de la fonda y huyó 180 segundos antes de que policías capitalinos llegaran al lugar del crimen.
Una suboficial que también comía con ellos, resultó herida con esquirlas. Ningún comensal sufrió daño.

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