Skip navigation

Apenas detenida, sin juicio alguno de por medio, el Presidente de la República llegó a decir que era una de las delincuentes más peligrosas de América Latina.

Sandra Ávila Beltrán asegura que fue condenada de antemano por obra y gracia del autoritarismo presidencial. Con una voz que raspa, dice:

“El día de mi captura, Felipe Calderón se lanzó en mi contra. Olvidó que es Presidente y me acusó sin pruebas. Dijo que soy enlace con los cárteles de Colombia. Se creyó la ley. El poder no es para eso.

“En mi caso, sus palabras las sentí como una avalancha que se me venía encima. Llegó a decir que soy una de las delincuentes más peligrosas de América Latina y en su ignorancia me llamó la Reina del Pacífico o del Sur, así, literalmente, una u otra. Cualquiera sabe que la Reina del Sur es un personaje de ficción del escritor Pérez-Reverte y yo de ficción nada tengo, que de carne y hueso soy. En términos parecidos, Felipe Calderón se lanzó contra Juan Diego Espinosa.

“¿Qué derecho le asistía para abusar del poder como lo hizo? Además, poco sabe de esos asuntos. ¿Tiene idea de que a los capos los resguardan decenas, centenares de guardaespaldas y que en mi caso no hubo quien me protegiera, un solo hombre, una sola escolta, siendo, como dijo, una de las figuras más importantes del narcotráfico en América Latina?

“¿Tuvo en cuenta que, peligrosísima como soy, fui aprehendida en el Vips de San Jerónimo, sin un solo jaloneo? Calderón me citó con mi nombre y mi nombre lo infama. Yo siempre podré decir: me marcó. Y él no podrá negarlo.
Con él, el abuso del poder se da con todas las ventajas. Un Presidente, nada menos, que condena desde sus alturas inaccesibles”.

Sus relaciones

Usted es leyenda y, le guste o no le guste, se le conoce como la Reina del Pacífico. ¿De dónde parte la historia, un capítulo de su vida?

Yo era conocida por mi manera de ser, sociable y amiguera. También por mis parejas. Alternaba con los hombres y me consentían. El día de mi consignación por la Procuraduría de la República todo cambió. Mi casa de Guadalajara fue allanada. También la de mi mamá. Se me involucró con un barco, denunciado por la DEA, que transportaba droga; y el escritor Arturo Pérez-Reverte tuvo éxito internacional con La Reina del Sur. La heroína de su libro, Teresa Montoya, es de Culiacán, y yo había vivido en Culiacán, y soy de Tijuana, pero también soy de Culiacán. Mi asunto, la captura escandalosa y simple en un Vips, llegó a la Procuraduría y se habló de mí. Me cuenta Ricardo Sodi, mi abogado, que precisamente en la Procu se habló del seudónimo. En 2004 se escuchaba un corrido a la Reina del Pacífico. El corrido se llama “Fiesta en la Sierra”. Los Tucanes de Tijuana no estuvieron ahí, pero alguien tuvo que contarles, narrarles exactamente cómo fue la fiesta, porque en verdad la letra estuvo muy apegada a lo que ocurrió. Más tarde, para halagarme, algunos amigos me regalaron ese corrido en bonita letra escrita.

¿Por qué no lo canta? Cántelo, señora.

Su silencio es para ella.
El corrido completo, cantado por Los Tucanes, subraya la convivencia entre narcotraficantes y federales:
“Llegaron los invitados a la fiesta de la sierra en helicópteros privados y avionetas particulares. Era fiesta de alto rango? no podían llegar por tierra. Era fiesta de alto rango? no podía llegar cualquiera. Además era por aire, no podían llegar por tierra. Los jefes de la plaza ahí estaban reunidos.
“Los jefes de cada plaza ahí estaban reunidos, no podían fallar al brother, era muy grande el motivo. Festejaba su cumpleaños, en su ranchito escondido había gente poderosa del gobierno y fugitivos.
“Todo el mundo con pistolas y con su cuerno de chivo, varios francotiradores en el rancho repartidos, protección al festejado, el pesado de la tribu, no hace daño usar sombrero aunque sombra den los pinos.
“La fiesta estaba en su punto y la banda retumbaba, ya no esperaban a nadie, todos en la fiesta estaban cuando se escuchó el zumbido y un boludo aterrizaba, el señor les dio la orden de que nadie disparara.
“Se baja una bella dama con cuerno y con calvo plagiada, de inmediato el festejado supo de quién se trataba, era la famosa Reina del Pacífico y sus playas, pieza grande del negocio, una dama muy pesada”.
De la fiesta, cuenta Sandra Ávila:
“El rancho estaba muy en alto y era muy grande. Había una explanada arreglada para el festejo, el cerro cortado, raspado. No se podía llegar por tierra, ni camino había. Todos llegamos en helicópteros particulares o avionetas de primera. Los aviones, blancos, alineados, se parecían a los estacionamientos de automóviles. A lo lejos, una mancha blanca formaba parte del paisaje. De la explanada, por carro se llegaba al rancho. Iban por nosotros”.
?¿Había mucha gente?
Muchísima.
Sigue:
“A través de un pasillo llegamos a una palapa donde se encontraba mi compadre, Alberto Beltrán, el de la fiesta. Era su cumpleaños. Sin parentela de por medio, nos queremos. Luego nos pasaron a un área apartada, lejos de la gente, lejos de la música. Era una palapa donde estaba el hijo del comandante y el Chapo. Había unos pocos más, muy pocos.

¿Qué comandante?

Un comandante.
Continúa la señora:
“Yo me quedé platicando con mi amigo, el festejado. Pero insistieron algunos en que me sentara en la mesa del Chapo. Me quedé un ratito. Luego llegó el hijo de mi compadre y me retiré.
“En el expediente se me relaciona con el Chapo. Lo conocí, pero no fuimos amigos ni nada que se le parezca. Yo sólo lo miré en esa ocasión y cambié unas cuantas palabras con él. Es un personaje y no olvido el encuentro, pero fue sólo eso, un encuentro”.

¿Qué impresión le produjo el Chapo?

Serio, observador, casi no habla. Tiene un rostro sereno, es sencillo y amable. Me contaron que me había imaginado bien plantada y con joyas. Tuve muchas, que ya me las confiscaron. Cuando me ponía algunas, eran tres o cuatro.

¿Había gente del gobierno en el baile, la música, las conversaciones? pregunto.

Sí y no lo digo sólo yo, lo dice el corrido con todas sus letras: “? había gente del gobierno y fugitivos”. A todo esto, el director de Los Tucanes es el compadre de Quintero, un amigo. Otra prima, tengo muchas, un día le preguntó a Quintero de dónde habían sacado el corrido y él dice que una persona que estuvo en la fiesta contó todo, y muy bien. Y eso que los federales estaban aparte, ahí en la palapa, pero lejos de la gente, lejos de la música.
“A las 5 nos regresamos. Habíamos llegado a las 3. Temíamos que nos agarrara la noche”.

Usted tiene amigos y familiares entre los capos, personajes de inmenso poder, como Ismael, el Mayo Zambada.
No lo niego ni me avergüenzo.

¿Puede escapar a su influencia?

Me hacen narcotraficante, entre otras supuestas pruebas, por mi relación con el Mayo Zambada, pero mi único encuentro con Zambada fue ocasional y ocurrió el día en que mi esposo y yo bautizamos a nuestro hijo.

“Mi esposo, José Luis Fuentes, después metido en las rondas de capos con militares, de militares con capos, de capos con judiciales y militares, invitó a Zambada a la celebración. Zambada fue a la fiesta hogareña y lo recibimos con mucho gusto. Pero eso fue cuando tenía veintitantos años y vivía como cualquiera. No era rico, no era capo, no figuraba en las noticias. El bautizo es una ceremonia y nos tomamos fotos. Yo aparezco con Zambada, a quien nunca volví a ver. Zambada y mi esposo tuvieron relación, pero fue entre ellos. Yo no vivía en el vientre de mi esposo. Era su mujer”.

¿Qué opinión le merece Zambada?

Ni buena ni mala. Apenas lo conocí. Por ello no puedo emitir opinión alguna acerca de él.

¿No se reserva algún juicio moral sobre los narcotraficantes?

Son personas como cualquiera, no lo peor, como dice la prensa. Algunos ayudan en sus pueblos, son bondadosos y humildes y se preocupan por los pobres. Yo querría que no se mataran entre sí, que no se mataran con los soldados, que no arrastraran a la desgracia a tantos hombres, mujeres y niños. Pero no han llegado hasta donde han llegado porque sí. Han llegado por la fuerza de la droga en su mercado enorme, por la corrupción de los gobiernos priistas y panistas, por la miseria de millones de mexicanos. Muchos trabajan para el narco. Muertos de hambre, sin empleo, solos con su hambre, ¿qué van a hacer, sino acudir a donde hay trabajo y dinero?

“En la sociedad narca la riqueza como que brota”, continúa Sandra Ávila, “un día eres pobre y al siguiente millonario. Pero cómo se hace el dinero sólo lo saben los que lo hacen. Tú no los escuchas a propósito ni averiguas qué tan serias podrían ser las relaciones entre ellos. Pero sí adviertes que de pronto lucen brillantes y piedras preciosas, mujeres de alto vuelo, que compran residencias que habitan y abandonan casi el mismo día, que se hacen dueños de edificios u hospitales, como en Guadalajara, o un hotel, como en Mazatlán, lleno de flores.

“Yo no sé cómo se arreglan con las autoridades, pero se arreglan. Un día cambian de estilo y se vuelven echadores. Te enteras de reuniones discretas, cerca del misterio, pero no más. Vas sabiendo sin saber que vas sabiendo. Y un día sabes. ¿Cómo es eso? No sé. Pero sé que es así”.

Dice usted que no sabe con detalle y a profundidad de qué manera operan los narcos. ¿No tuvo alguna vez la tentación de saber?

Cuando sabes de más te arriesgas a que te maten, por eso, porque sabes de más. También te arriesgas si te quieres meter a saber. Te puedes dar cuenta de muchas cosas, pero no debes ni comentarlas, ni decirlas, ni preguntar.
El que está adentro, está adentro, digo y aludo a la expresión sentenciosa: el que entra no sale y si sale, ya sabe.
El que está adentro está adentro. Yo no le temo a la vida que he vivido y por eso la hago pública. La cuento y la puedo contar. Nunca he estado adentro.

“El gobierno me relaciona con los capos, como si yo fuera uno de ellos. Pero yo los conocí cuando eran personas comunes y corrientes, las de todos los días. Pertenecíamos a una misma sociedad y no podíamos dejar de tratarnos y saber unos de los otros. Al gobierno le bastó con indicios e informaciones imprecisas para armar su rompecabezas y señalarme como un enlace entre los cárteles, mujer peligrosísima, además.

“Mi captura tuvo lugar cuando yo estaba agotada por años de persecución. Supe que vendría la cárcel, la pérdida del control de mi propia vida y quién sabe cuántas cosas más, pero finalmente sentí que descansaba”.
Habla de recuerdos y estados de ánimo:

“La vida son los amores, la conversación, los sentimientos, los trastornos, los malos días, los buenos. Parte de mi vida ha transcurrido en una sociedad narca. Yo no la inventé. Este gobierno y los anteriores, tampoco, pero su corrupción ha dado fuego al fuego de la droga”.

Escuchando a la señora, me he ido haciendo una idea acerca de la sociedad narca: es expansiva y su dinero está por todos lados. Adentro son las intrigas, los chismes, las perversas acusaciones infantiles, los amores, los desamores, las pasiones que surgen porque sí y se apagan porque sí.

También están ahí las lealtades a costa de la vida y los compromisos juramentados que duran poco o son para siempre. Junto a todo esto, las grandes fiestas, los grandes carros, las mansiones sólo unos días ocupadas, o ni eso, las señoras, siempre las señoras y la adrenalina, el riesgo que da luz fantasmagórica al presente.

Y si la vida es como es, corta, no importa gran cosa el porvenir y no hay para qué hacerse de planes. En el narco importa el día a día. En cuanto a los capos, se miden por el tiempo que operan. Ellos son distintos. Tienen que vivir prendidos a la hora que viven. Y si van haciendo tiempo, se van volviendo poderosos.

“La sociedad narca es dura, cruel y en su propio espacio es una sociedad en sí misma. No hay código que valga en la disputa por el poder. Tampoco hay leyes que resuelvan las disputas y no se ve autoridad que pudiera imponerse al caos que va y viene, siempre presente y haciéndose sentir”

Refiere Sandra Ávila:

“Usted me contó que un sacerdote tabasqueño le dijo que las personas que informan acerca de la pobreza son turistas de esa realidad oscura, que la pobreza sólo la conocen los que la viven. Así con el narco. Muchos hablan de su origen, su significado, la profundidad de la tragedia, los muertos uno a uno o en racimo. Pero a la sociedad narca la conocemos los que estamos ahí.

“Yo no soy turista en el mundo del narco, mujer marginal de su intensa complejidad. He estado ahí y no tendría sentido que negara la realidad. Pero eso no me hace delincuente. No he matado, no he robado, no pertenezco al crimen organizado, no he lavado nada. Nací rica, rica vine al mundo y no puedo regresar al vientre de mi madre y nacer distinta”.

¿Qué mantiene sus lazos con la sociedad narca?

Tengo lazos con la sociedad narca, pero en ella no está mi mundo completo. Yo pertenezco a la sociedad en su conjunto, tengo relaciones con todos y con la sociedad narca también, lazos que no tendría por qué ocultar.
Sandra Ávila cae en un silencio. Ahí están el café y las galletas para disimularlo.

A usted la señalan y le han dicho Reina del Pacífico. ¿Qué es de su intimidad, señora?

Adentro de mí hay mucho dolor.

La detención

Sandra Ávila fue detenida el 28 de septiembre de 2007. El 29 de septiembre de 2007, el Ministerio Público de la Federación adscrito a la Subprocuraduría de Investigaciones Especiales en Delincuencia Organizada informó del ejercicio de la acción penal en contra de la Reina del Pacífico, quien fue recluida en el Centro de Readaptación Social Femenil Santa Martha Acatitla, por su probable comisión de los delitos de delincuencia organizada, contra la salud en la modalidad de fomento para posibilitar la ejecución de dicho ilícito y operaciones con recursos de procedencia ilícita.

“La víspera de mi captura dormí mal. A las 9:30 de la mañana recordé un pendiente. Unos amigos me esperaban en Vips de San Jerónimo. Al llegar al desayuno, estacioné mi camioneta BMW, miré alrededor, temerosa de las personas y de las sombras. Ya sabía sin saber lo que me esperaba.

“El desayuno duró un par de horas. Mientras platicábamos, una señora me alteró. De pie, mirándome, hizo una llamada por teléfono y después fue a su carro.

“Pedimos la cuenta y aún tardamos un rato platicando en el estacionamiento. Ahí pude observar un vehículo lleno de gente. Les digo a mis amigos: ‘No me gustan ésos’. Me contestaron: son gente del Senador Bartlett, que está adentro, en el área de las revistas. Nerviosa, quise platicar como si nada. Nos besamos todos en la mejilla. Nos despedimos, y al tiempo que abría la portezuela de mi camioneta y me disponía a abordarla, se me vinieron encima esas sombras a las que tanto temía y de las que ya sabía, porque las había soñado, sombras horribles.

“Yo ignoraba de quiénes se trataba, si policías, secuestradores o enemigos encubiertos. Les pedí que se identificaran y me enseñaron una credencial. Me jaloneaban. Eran monólogos autoritarios, en el tono de un tú despreciativo: ‘Identifícate, identifícate’. ‘Bájate, acompáñanos’. ‘Identifícate’. ‘A ver, a ver, déjame verla bien’. Tuve ante la cara, casi pegadas, las credenciales, una, dos, tres. Me sentí un poquito mejor. A lo mejor hasta eran policías y, de serlo, por lo pronto no me matarían”.

¿Eran policías?

Era la PGR. En el trayecto, uno sacó un oficio al tiempo que me preguntaba: “¿Usted es Sandra Ávila Beltrán?” “Sí”. Tuve entre las manos una hoja que llevaba mi nombre y escuché: “Es una orden de presentación con fines de extradición”. Me calmé un poco. Había una causa: mi detención. En fin, no era la fatalidad del secuestro o el crimen o lo que fuera.

“Enseguida, me preguntaron por Juan Diego. Respondí que de él, nada sabía. Me amenazaron. Me llevaron supuestamente a las oficinas de la SIEDO. Después me entero de que no es la SIEDO la que me detiene, sino la Policía Federal Preventiva. Vuelve la angustia: los policías también secuestran y matan.
“En la SIEDO, me ofrecieron comida, evitaron los separos y me tuvieron en las oficinas. Cuando ya me iban a sacar para trasladarme aquí, a Santa Martha, en la noche, como a las 11:30, me di cuenta de que también tenían a Juan Diego”.

¿Cómo se da cuenta?

Cuando me van sacando, alcanzo a ver que a Juan Diego le están tomando fotos.

¿Y hablan ustedes?

No.

¿Cómo siguen las horas?

No me toman declaración. Me hacen muchas preguntas, me toman varias fotografías. Y me muestran otras. Señalando a un sujeto, preguntan: “¿Lo conoces?” Se trata de una fotografía donde estamos él, mi esposo, yo. Contesto que no. “¿Cómo se llama?”, insisten. “No sé”. “Sí sabes. ¿Cómo se llama? Dinos cómo se llama”. “No sé su nombre”. Siguen insistiendo, cuatro o cinco veces. Entonces, uno me dice: “Es el Mayo Zambada”. A lo que respondo: “Entonces para qué me estás preguntando, si tú sabes. Han de ser hasta amigos”. Y nada más se me quedan mirando, así como con rabia, con ganas de muchas cosas. Les dije: “A ustedes es a quienes debían detener, no a mí. Ustedes son los que protegen a la delincuencia”. “¿Nos has visto alguna vez?” “Sí, les dije, a todos ustedes, en fiestas siempre, aquí no entra nada ni nadie si no es por ustedes”.

“Me mostraron varias fotografías de mi esposo, mías, de otras personas. Unas fotos de mi boda con gente que de veras asistió, pero que yo no conozco o no recuerdo. ‘¿Éste quién es?’ ‘Pues no sé, invitados de mi esposo’. Imagínense, eran fotos de hace 20 años. Esas mismas personas habrán cambiado. Al Mayo Zambada no lo reconocería después de 20 años de haber conversado con él. ‘La foto puede ser una prueba, pero por ahora es un indicio serio. Aténgase’, escuchaba.

¿Qué sigue, señora? le pregunto.

Me trajeron aquí, a Santa Martha. Me internaron a la media noche. Me sentía helada. Estábamos a finales de septiembre. Yo traía un abrigo de mink por el frío de la mañana, era un abrigo corto. Me lo quitaron.

¿Reclamó el abrigo?

Sí, pero no me lo devolvieron. Son unos rateros. Aquí me metieron en una celda, sola, y no me dieron ni una cobija para taparme. Pasé toda la noche tiritando, agachada, metiendo mi cabeza entre las piernas para calentarme un poquito. Me echaban las luces y me gritaban: “Duérmete”. Callada, nada más los miraba y volvía a agachar la cabeza y al rato venían y me echaban las luces.

“Pensé que se trataba de un proceso, y que éste tarde o temprano tendría que suceder. Sería mejor aclararlo todo y demostrar la verdad. Mis amigas me platicarían, entre otras cosas, que también se decía que alguien me quería matar”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: