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Se llama Efraín Solís Canares, tiene 30 años y le dicen el Tecolote. Vivía en Jesús María, municipio de El Nayar, Nayarit, y el Cuatro lo contrató para pizcar mariguana en Sinaloa. “Cinco mil pesos semanales”, le dijo. Cuando llegó aquí lo metieron a una casa de seguridad. Un día lo sacaron para hacer un “jale”. Horas después “levantaron” a tres hombres y se los llevaron a un potrero para torturarlos. Luego los mataron.

El Tecolote degolló a uno de ellos y cuando vio que ya no se movía, le cortó la cabeza con el mismo cuchillo. Dos de sus cómplices hicieron lo mismo con los otros dos. Tres días después lo detuvieron junto con otros siete cuando pretendían asaltar una constructora. La policía dijo que se trata de una célula de Los Zetas al servicio de Arturo Beltrán Leyva. Ahora él cuenta su historia desde la cárcel.

Era su segunda estancia en Sinaloa. La primera vez que vino, dos meses antes, lo llevaron a un lugar de la sierra que no identifica. Era un cerro, dice, y había muchos hombres armados. “Allá comíamos y dormíamos sin hacer nada. Yo traía una R-15”, recuerda.

Los llevaron en camionetas y les dijeron que había que esperar hasta que la mota se pusiera bien. Dormían en el suelo, en las piedras, sin una cobija, nada, a la intemperie. Mientras, todos los días iban y venían camionetas. Eran los que hacían el desmadre, cuenta. Y se apartaban, no hablaban con nosotros. Como que eran de Durango, se oía, pues. Iban y venían.

—¿Qué hacían ahí?
—Pues nomás allí nos tenían comiendo a nosotros, y había otra gente; son los que salían, pues, a hacer sus desmadres. Y ya que me di cuenta que no era así, que no nos querían para cortar mota, yo me pelé, pues. Yo miraba a la demás gente que salía afuera, parecía que eran de Durango esa gente. Así se oían comentarios; casi no se daban a ver con nosotros, nos tenían muy aparte, pero allí mismo, y siempre lejecitos. Y yo les dije: “No pues no me gusta este ‘jale’. No, ustedes van a pizcar mota, nomás que hay otra gente que está trabajando diferente. Ustedes, dijo, van a pizcar mota. Nomás espérenme, dijo, la mota todavía no se pone buena. Bueno, entonces le dije: Mi familia está mala; mientras se pone la mota, voy a ver a mi familia, y me dieron chanza que me fuera; y duré como un mes y 15 días, o más duré en el rancho, y ya no me quería venir.

“Y un día me llamaron al teléfono de la casa: Ya vente, me dijeron, ya la mota se está poniendo, para que se vayan a trabajar; traite otro trabajador. “Y yo les dije: Si es cierto que vamos a pizcar mota, o me van a meter como los demás que andaban haciendo su desmadre, a mí no me gusta ese ‘jale’, la neta, yo nunca he andado en eso, ese ‘jale’, no me gusta. No, dijo, de que van a pizcar mota ustedes van a pizcar, los que están haciendo esos ‘jales’ son otros, dijo. Ah, bueno, dije, ya me animé otra vez y me vine”.

—Tú habías pizcado mota antes…
—Allá en el rancho en Nayarit, pero ahorita ya no se puede sembrar. Yo por eso me bajé a Tepic a trabajar de albañil, porque ya trabajo pizcando mota no había. Me bajé a Tepic a trabajar de albañil y cuando no había de albañil le entraba a los colados, y así me la llevo ganándome la vida. Yo tenía tres o cuatro días allí cuando el Cuatro llegó ofreciendo ese trabajo.

La segunda vuelta

Esta vez llegó el 21 de septiembre. Iba acompañado por otro apodado el Chanclas. Era domingo. Hizo una llamada a un teléfono que dice no recordar y más tarde pasaron por él en una camionetita. Lo llevaron a una casa de seguridad. Ya había otros hombres ahí, seis o siete, todos de Nayarit. No pasó mucho tiempo para darse cuenta en dónde estaba metido. Vio sangre en el piso y preguntó. “Es que otros hicieron un jale aquí”, le dijeron.

—Cuando miré la sangre me asusté, pues, qué había pasado allí. No pues ya me dijeron que habían estado otros no sé de dónde, que habían hecho un desmadre. Y yo les dije: si así van a seguir, mejor yo me voy a ir. Yo estaba esperando mi raya nomás para pelarme más que nada, porque este “jale” a mí no me había gustado. No me gusta, más que nada, pues.

—¿Te dijeron que habían matado policías ahí?
—No, no.

—¿Qué te dijeron?
—Que habían hecho “jales”…

—¿Que habían decapitado a alguien?
—Ándele, pero no supe a quiénes.

—¿Quién te dijo eso?
—El Tejón, el Cuatro; porque ellos nomás llegaban entrada por salida con nosotros.

—¿Conociste al Cuatro?
—Sí, sí lo conocí, de vista pues.

—¿De dónde es?
—Supuestamente es de un rancho que le dicen el Cochalón.

—De Nayarit…
—Sí, de Nayarit, pero no se deja ver allá tampoco. Yo pienso que ya tiene tiempo trabajando con esa gente, porque allá casi no lo vemos. No lo conocía, hasta aquí lo conocí.

“… y así estuvimos, encerrados, no nos dejaban hacer nada, ni salir para nada. Como a los dos tres días nos sacaron a hacer ese ‘jale’, pues. Nomás nos dijeron, Vamos a dar una vuelta. Ya está, me subí, y cuál dar vuelta, era para… Fue un miércoles, pues, cuando hicimos un ‘jale’”.

El Tecolote agacha la cabeza. Casi siempre, durante la entrevista, realizada en la oficina de dactiloscopía del penal de Mazatlán; tiene la mirada clavada en el piso como un cuchillo.

—¿Qué “jale”?
—De unos señores que levantamos.

—¿Quiénes eran?
—Pues yo no los conocía, pero los estuvieron interrogando. Yo oí que el mentado Calabazo y los otros; que uno era albañil, que otro baterista, pero esos no tenían qué ver nada pues. Nomás el puro Calabazo, que por una “carga”, no sé. Nosotros estábamos lejecitos, siempre nos mantenían lejos a nosotros. Y ya, decían, los vamos a soltar. Pero ya a la mera hora, ya más noche, las cosas no fueron así.

Los habían levantado como a las cuatro de la tarde, en Caleritas, sindicatura de Villa Unión, en casa de Cruz Valenzuela Osuna. Iban por él, pero había otros dos hombres en la casa y también se los llevaron. Sus familiares reportaron el “levantón” esa misma tarde, pero no los han de haber buscado porque los sicarios no fueron muy lejos. Tomaron hacia el sur por la carretera México 15 y en el kilómetro 249 se metieron por una brecha. Iban en dos camionetas. Ahí estuvieron más de 12 horas, torturándolos, hasta que los mataron.

—¿Y qué pasó en la noche?
—No, pues ahí nos tuvieron junto con ellos. Y a ellos sí los golpeaban pues. El Cuatro, el Tejón, el Patrullas, les daban golpes; ellos recibían órdenes pero no sé de quién, eso sí no supe. Se comunicaban por radio con otra persona, porque se oía la platicadera. Y ahí a nosotros no nos dejaban que nos arrimáramos para nada.

“No pues, ya de allí se hizo más noche, y más noche y no los soltaban, y yo les pregunté: Oigan ¿no los van a soltar a estos señores? No, dijo, tú espérate, no te estés metiendo en estas cosas. Además, dijo, nosotros no nos mandamos solos. Y otra vez ya se los trajeron pa’cá; los interrogaron, no sé qué les pedirían.

“Al Calabazo yo recuerdo que le reclamaban drogas, cargamento más que nada. Yo lo único que escuché que decía: Yo lo tire al agua, yo no me lo robé, porque no me dejaban pasarla. No sé para dónde, porque supuestamente los marinos se la iban a hallar.

“Ya que nos íbamos a venir, nos forzaron para que los matáramos. Y yo les dije: Sabes qué, yo nunca he matado, nunca he hecho este ‘jale’. Además no venimos a eso, pues. No, no, aquí tienes que hacer lo que nosotros digamos porque si no aquí te vas a quedar con ellos también.

“Así nos amarraron a todos los que íbamos. A ‘huevo’ agarré el cuchillo; la neta, no pues, dije, me van a joder, pues no quería hacer esto, pero ellos querían que nos embroncáramos más que nada. Pero el mando era de ellos, nos forzaban, la verdad nos forzaron; pero yo nunca he hecho estos jales”.

—¿Qué hiciste?
—No pues, ya me dijeron mátalo; no, le digo, yo no quiero matarlo. Lo tienes que hacer, me amagaron, y a “huevo” lo hice, la verdad, para qué voy a decir que no lo hice… a “huevo” pues.

—¿Con qué lo mataste?
—Con un cuchillo que ellos me dieron. El Cuatro me lo dio. No sé de dónde lo sacaron ellos.

—¿Qué recuerdas de los otros dos que mataron?
—No, pues dijeron que no querían morirse, que ellos no tenían nada qué ver en eso. A uno lo mató el Chocole, y al otro el Diablo. Y recuerdo que decía que él no tenía nada qué ver, nada, que nomás los ayudó a “taspanar”, que los invitó el Calabazo, mentado. Y el que vivía a un lado decía que era albañil, que no tenía qué ver nada. Y el otro decía: “Yo soy baterista, nomás porque me ofreció dinero, me dijo que me iba a pagar, y yo ocupaba dinero, por eso me fui con él a ayudarle. Pues nosotros no tenemos qué ver nada en esto”, ellos decían eso. Pero los demás no les hacían caso.

—¿A quién asesinaste tú?
—A mí me mandaron: tú vas a matar este, me dijeron, y el otro al otro. Y pues, yo no sabía, como ya era noche; al último me di cuenta que era el Calabazo. Me tocó matarlo a mí, pobre, me daba lástima. Yo nunca he hecho este “jale”, la verdad estaré loco, pero no.

—¿Quiénes les daban órdenes?
—El Cuatro, el Tejón y el Patrullas.

Los asesinaron uno por uno. Luego los decapitaron. Ya que habían consumado las ejecuciones, Efraín empezó a caminar, asustado. A dónde vas, le dijo uno de los jefes; véngase, a ti te toca llevar las cabezas a la carretera. No, le dijo, manda a otro; no, tú tienes que hacerlo, tú tienes que hacerlo, si no ahorita te vamos a matar.

Al amanecer regresaron a Mazatlán a la misma casa de seguridad, en Lomas de Mazatlán.

“Yo iba bien asustado por lo que había hecho; como yo dormía en el segundo piso, me subí, me acosté, me encerré. Me acosté pensando, la verdad. El señor ese me asustó esa noche porque no sé me olvidaba cuando se estaba muriendo. Me disculpaba con él, pues yo no quería hacerlo, pero me obligaron. Cada que me estaba durmiendo, sentía que me ahorcaba, así pues, como que él llegaba allí conmigo, como que me iba a ahorcar y no podía dormir”.

Sábado negro

Efraín tiene esposa en Jesús María del Nayar y aceptó como suyos dos hijos que no llevan su sangre. Se llama Mariana Flores Lamas y está embarazada. Será niña, dice. Consume droga, pero no lo ha hecho desde que llegó a Mazatlán. Sus patrones no querían que consumieran droga estando en la casa. El Tejón les llevaba cerveza de vez en cuando, a escondidas, pero nada de drogas.

Dice que el Cuatro es de Nayarit, también, pero piensa que ya tiene tiempo trabajando para esta gente porque no se deja ver por allá.

—¿Sabías para quién estaba trabajando?
—No.

—¿Habías oído hablar de Los Zetas?
—Nomás en las canciones, en las canciones, pero así, personas en comentarios, no, no. No he escuchado nada, no sabía ni de qué se trataba, pues. Nosotros veníamos a buscar chamba, a pizcar mota más que nada.

—¿Nunca dijeron quién era el patrón?
—No, nunca dijeron.

—¿Nunca te enteraste quién los había contratado, para quién estabas trabajando?
—No, no, hasta ahorita que oí, que el Chaguín o algo así, hasta ahorita, pero nunca lo vi. El que se dejaba ver era el Patrullas, el Cuatro y el Tejón. Son los que llegaban allí.

—¿Alguna vez pensaste que estabas trabajando para Los Zetas?
—No, nunca me di cuenta ni allí hacían comentarios, nada pues.

—¿Te asusta esto que te está pasando?
—Pues sí oiga, ya ahorita nos tienen mala idea pues, por lo que hicimos más que nada. Y sí me da miedo cuando vaya a salir o aquí donde estoy, por hacer eso, pero yo no quería hacerlo, la verdad. Siento miedo, porque esas cosas nunca las había hecho. Yo sé que no está bien lo que hice, pero me forzaron y tuve que hacerlo.

El sábado 27 llegó el Patrullas a media mañana y les dijo que se alistaran porque iban hacer un “jale”. Salieron en dos camionetas y se encaminaron para el lado de la Marina Mazatlán. No se los dijo, pero pretendía que asaltaran una constructora. Era día de pago a los albañiles. Pero las cosas se les complicaron. La Policía Municipal recibió el reporte de vehículos con gente armada y los localizaron. A partir de ese momento se escribió el destino de los ocho gatilleros. Los cercaron. Intervino el Ejército, la Marina, la Policía Federal, los estatales. No faltó nadie en la cacería. Al no conocer el terreno, los sicarios se metieron a un lugar de donde ya no podrían salir. Tomaron un rehén pero más tarde tuvieron que soltarlo. Más tarde se entregaron.

—¿Cómo ha sido la relación con tus compañeros a partir de que los detienen? ¿Qué te ha dicho el Patrullas, has tenido recomendaciones o amenazas?
—Pues, hasta ahorita nada. El Patrullas quería que habláramos bien de él, que lo defendiéramos. Pero por qué, le digo, tú siempre llegabas regañándonos cuando estabas en la casa, diciendo que tenías órdenes de golpearnos. Cualquier cosa que no hacíamos bien nos castigaba, y no nos dejaban salir para nada.

—No es común que un sicario confiese sus crímenes, menos cuando han sido tan atroces como el que cometiste tú, ¿por qué lo haces?
—Porque estoy arrepentido. Yo nunca he hecho ese “jale”, nunca lo he hecho; había peleado así, callejero, pero ya de matar, la verdad no… yo quisiera que me perdonara, la verdad; es la primera vez que yo ando cayendo por aquí haciendo estos “jales”. No es porque yo quisiera hacer el trabajo.

—¿Que te perdonara quién?
—Pues la familia de la persona; pues se va a dar cuenta de lo que pasó; me van a echar la culpa que yo lo hice.

—Tú lo estás reconociendo ya…
—Sí, pues sí; no está bien lo que hice. Pero yo no lo hice por mi gusto, simplemente me forzaron. Otros, los “jefes” me mandaron, y si no lo hacía me iban a matar también.

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